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«Resolved lo que queráis, pero afrontando la responsabilidad de dar entrada a esa mitad del género humano en política, para que la política sea cosa de dos, porque solo hay una cosa que hace un sexo solo: alumbrar”.

Clara Campoamor

Por definición, el ateneísmo es la unión de cultura y libertad, una cultura solidaria y comprometida con el hombre y la mujer en todos los ámbitos de la vida. Y desde esa perspectiva debemos contemplar el día 8 de marzo. Desde el espíritu crítico y el debate social que pongan de manifiesto las desigualdades entere hombres y mujeres. Una desigualdad que no debería caber en una sociedad democrática y abierta. Como cada 8 de marzo desde el año 1975, hombres y mujeres de todo el mundo, al margen de nacionalidades, de diferencias políticas o étnicas, elevamos nuestra voz para reclamar justicia, igualdad entre los sexos y paz.

Con la mirada puesta en el pasado, unas imágenes en blanco y negro ilustran sus orígenes: dos integrantes de un piquete durante la huelga de las camiseras de Nueva York de 1909 muestran orgullosas una banda con la leyenda «picket ladies tailers stikers»; las multitudinarias marchas épicas de las sufragistas luchando por la unidad de todas las mujeres del mundo anuncian que un nuevo movimiento está naciendo con fuerza, que ya no podemos hablar de rebeldías individuales ante las humillaciones sufridas.

Debemos remontarnos a finales del siglo XIX para encontrarnos con la primera convención nacional por los derechos de las mujeres, promovida por la activista norteamericana Elyzabeth Cady Stanton, incansable en su reivindicación de la igualdad real entre hombres y mujeres, y la abolicionista y feminista Lucretia Mott, quien afirmó: «el mundo nunca ha visto una nación verdaderamente grande y virtuosa, porque en la degradación de las mujeres, las mismas fuentes de la vida son envenenadas en su origen».

El 8 de marzo de 1857, miles de trabajadoras textiles decidieron salir a las calles de Nueva York con el lema «Pan y rosas» para protestar por las míseras condiciones laborales y reivindicar un recorte del horario y el fin del trabajo infantil. Vinculado a los movimientos feministas de la Revolución Rusa, comienza a celebrarse este día de la Mujer en diferentes países.

Para la socióloga y filósofa Amelia Valcárcel «el feminismo no es algarada o calle, es el día en que cada mujer gana un espacio de libertad». Es fundamental que entendamos el Día de la Mujer como el día de todas las mujeres anónimas que constituyen la base de la vida cotidiana y la historia, la intrahistoria de los noventayochistas. Es la imagen de Rosario. Entre sus manos un libro con el tejuelo de la biblioteca pública en el lomo. Ha perdido a los seres que abrazó y cuidó, a su marido, a dos de sus hijos. La escuela de adultos le ha abierto un camino insospechado hace escasos años. Ahora vive las vidas de otros. Como una catarsis de su propia soledad, le conmueven las pérdidas de los protagonistas de sus novelas y celebra sus triunfos como propios.

De Luisa, con manos de hielo azulado, octogenaria, que sentada en la lavandería de la residencia donde quiere seguir siendo útil, abandona sus últimos recuerdos entre los dobleces de las toallas y sábanas. Le cuesta estar en pie y pensar, pero no olvida las atenciones que prodigó a los más débiles de aquellas casas donde trabajó infatigable desde la adolescencia.

De Maximiana, que no aprendió a leer, pero sí a escuchar y a transmitir su experiencia, su concepto del deber y la satisfacción del trabajo bien hecho. A ser madre, esposa, abuela entregada a su familia. A esperar paciente a que la vida pasara y a rebelarse callada y valiente contra la injusticia y contra los que le arrebataron a su marido, pero a la que no consiguieron doblegar nunca.

El 8 de marzo es el Día de recuperar la dignidad de todas las mujeres como personas, de reconocer el poder que tienen individualmente y en el colectivo social al que pertenecen.

Analizando el presente donde los grandes problemas estructurales como la brecha salarial, la violencia de género, la libertad sexual son problemas a los que nos enfrentamos en todos los países, debemos pensar en el futuro y en cómo afrontarlos. Hay que mantener el diálogo social y político. Poner el énfasis en la sensibilización, el compromiso con la igualdad y la coeducación en la escuela, con el fin de conseguir romper el techo de cristal, reconocer y acabar con los micromachismos, aumentar el empoderamiento y educar a futuros hombres y mujeres libres. Porque, como decía Clara Campoamor: «La libertad sólo se aprende ejerciéndola».

Imagen destacada: Banco de imágenes Freepik